JAR: Cinco sentidos unidos por la mano del Hacedor. Una fusión expansiva

La quinta sala del Ateneo de Valencia es hoy una plataforma desde la cual múltiples percepciones convergen en los ojos de un receptor atento.

“El que tenga ojos…” es aquel que sabrá que más allá de la intención lúdica del practicante —o artista ejerciendo su oficio—, hay un quehacer constante y severo fruto de la observación crítica de nuestra realidad circundante.

Nos encontramos con alguien que ha abierto sus sentidos a la contemporaneidad y, sin embargo, trabaja con dos elementos que acompañan al  hombre desde tiempos inmemoriales: el papel y la tinta. Es gracias a ellos, humildes servidores de la irreverente inventiva humana, que ha sido posible esta convocatoria a la comunidad para afrontar la singularidad de nuestro tiempo. Tales armas, a veces guiadas por la intuición y otras por un propósito definido, conforman esta muestra que Jorge A. Rodríguez ofrece a la ciudad de Valencia.

La denominación de la exposición que nos ocupa hoy —ALCHIMIE LIGATURE—, el propio nombre del artista plástico acompañado de sus iniciales y varias fotos nos insertan dentro de su modus operandi, y permiten el acceso al fruto resultante de ese laboratorio de emociones.

 Parte uno. Por el camino de “œ” 

Seis dibujos breves, concisos y puntuales nos dejan ver la inquieta curiosidad del hombre que los traza. No hay ambigüedades, solo rápidas asociaciones que enlazan las imágenes con las palabras. La presentación de la ligadura se hace fácilmente identificable en el diagrama que forman las imágenes dispuestas.  Por si las imágenes creadas por JAR resultaran enigmáticas, hay un diagrama de la sonoridad de la ligadura œ. Casi todos los elementos con que juega el autor están allí anudados. Es entonces de esta manera, que él nos devela su mina de oro: el reconocimiento de la ligadura “œ”

Partiendo del latín, atravesando las lenguas romances y cómodamente instalada hoy en el francés, se convierte en el Aleph de Jorge A. Rodríguez. Cinta de Mœbius que le permite estar dentro y fuera de todo. Se ha hecho acreedor del derecho y el revés, del anverso y el reverso, el arriba y el abajo, el delante y el detrás.

La visión del receptor se convierte en el vértice de un triángulo que completan el objeto expuesto y la intencionalidad del autor. Con este elemental proceso se está produciendo la alquimia aludida en el título. ¿Qué abanico de pensamientos, emociones y sensaciones se despliegan ante nosotros cuando nos rendimos a la evidencia? La ligadura “œ” es casi siempre el telón de fondo, excusa y propósito de cada imagen. Cualquier motivo propuesto busca su manifestación a través de palabras que sean depositarias de esa unión. Esas palabras serán el motor de la acción que cada instalación desarrolle en imágenes concatenadas.

Parte dos. Ciudad

La primera manifestación la tenemos a través de una instalación de factura reciente llamada Synœcisme ((ue abanico de pensamientos , ,ne nuestra condiciida, ¿De que manera ,sini de esaso son todos los diplomas, constancias, premcuyo significado es la unión de varios centros poblacionales aislados, bajo una misma administración a los efectos de protegerse entre sí y propiciar el desarrollo común). La obra  se despliega ante el espectador en nueve láminas de papel blanco, en donde las letras rojas con la inscripción de la palabra descubierta sirven de entorno protector a las casas de barro pintadas de diversos colores que detentan un identificador común (nœuds).

 Esa comunidad unida está manifestándose en el cordel rojo que las amarra, y sus puntas cuelgan a la espera de nuevos integrantes.

Esta particularidad recorre todas las instalaciones estableciendo una continuidad, no solo temática sino también temporal y promisoria.

Enfrentado a esa  ciudad posible hay un ensamblaje de vidrio y materiales mixtos que descubre la unidad para el espectador:  los elementos existen, podemos reconstruir, recuperar, resucitar, instaurar y reinaugurar con la reunión de medios e intensiones.

 Parte tres. Mundo

La instalación siguiente se titula Ojo con el planeta y está conformada por veintitrés fotografías intervenidas con tinta negra, donde encontramos la constante palabra testimonial “œil”, sumándose al contexto de degradación ambiental.

Trabajadas simétricamente, cada estampa posee su espejo, lo que hace converger las miradas hacia la lámina central donde la imagen del globo terráqueo es tan importante como el ojo que lo percibe. Todas las imágenes parecen estar bajo el impulso gravitatorio que las atrae, con lo cual se determina un campo propio e independiente. Esa misma concepción circular resta importancia a un nexo de unión de las imágenes entre sí, que si bien continúa presente en la cuerda y el nudo, ambos disminuyen su tamaño en función de una hegemonía mayor.

Mientras las imágenes centrales aparecen menos contaminadas —más agrestes— las periféricas van perdiendo la virginidad que les concedió Kipling, sufriendo la invasión de algo más que la planta humana.

 Parte cuatro. Nosotros

Caracas siglo XXI es un trabajo del año 2007, desarrollado de forma similar al descrito anteriormente. Como antes, el motivo propuesto es la más emblemática de nuestras ciudades y lo que  hemos estado haciendo con ella durante los últimos cincuenta años.

Se conceptualiza gráficamente a través de la palabra “Mœurs” (cuya traducción es hábitos, costumbres) y busca resumir en una serie de dieciocho láminas el paisaje citadino. La estructura es, de igual modo que el núcleo anterior, ya que cada fila comienza y culmina con una apreciación levemente diferente de un mismo objeto.

Esta instalación configura su estructura interna mediante un corte transversal hecho al terreno que ocupa la Ciudad Universitaria de Caracas y sus alrededores.

Así vemos, en la parte inferior, una viseral manifestación de la vida subterránea: multitud de siluetas se disparan en movimientos congelados por la cámara fotográfica.a Más arriba, imágenes diurnas y nocturnas de la ciudad: la superficie que vemos, disfrutamos y sufrimos, como si fuéramos la parte viva del mural de Pedro Zapata en la pared del estadio de la Ciudad Universitaria. Varios fragmentos de la Universidad Central presentan un deterioro afirmado por la intervención manual del artista que, como el Pastor de Nubes apacenta el motivo de sus desvelos.

En la parte superior de la instalación advertimos fragmentos de un cielo poblado de nubes; las torres que circundan la Plaza Venezuela, intervenidas con canteros cubiertos de flores rojas que hacen más llamativa la imagen; y la certeza de que hay algo que estamos viendo sin reconocer. Advertimos que de las tres torres, casi míticas, hay una que ha sido suplantada por un frasco (en inglés: JAR) lleno de colillas de cigarrillos, claveles secos: deshechos de nuestros hábitos que han inundado la urbe. Más aún, han pasado a ser parte integrante de ella.

Entonces comprendemos que cada imagen percibida lleva consigo la basura que distorsiona su apariencia, que la vela con el humo o la oculta tras su materialización, y buscamos un Ávila que no aparece pero que el hábito nos lleva a ver, aún donde no está.

Cada estampa sugiere  la siguiente por  afinidad temática y cromática, por el transcurrir del día que anuda las horas y por el espacio donde se desarrollan.

Es especialmente destacable la  ubicación  de esta obra en la sala del museo: está dispuesta sobre el vacío que produce una baranda horizontal de tubos que comunica las plantas del edificio. Hacia ese vacío penden los cordeles que enlazan las imágenes expuestas.

El autor elige cada elemento que usa. Estos le prestan su forma y color para que él juegue con su aspecto y su función.

El homo ludens  descubre el arte debajo de la apariencia convencional, lo hace desde esa letra plural que propende hacia lo infinito del círculo, forma originaria  del cóncavo y el convexo, el yin y el yan, la concentración y la dispersión.

Cada imagen es un legado de esa universalidad que se manifiesta a través del trazo: la línea o el punto, el color o la forma, la aglutinación de letras o figuras, subrayados o tachaduras, remarcados o vacíos; cada estampa es resultado de la intencionalidad del autor.

Hay allí fuerzas que se encuentran y se repelen. Se visualizan como movimientos pujantes, misteriosamente contenidos en el perímetro de una hoja blanca. 

 Parte cinco. Más que nosotros

Veamos un ejemplo más de esa percepción. El módulo que lleva por nombre Sagrado Corazón (Sacre Cœur).

Dispuesto en la pared norte, sobriamente pintada de un rojo profundo, conforma la estructura de un corazón y une sus dieciocho elementos constitutivos con cuerdas de color rojo: símbolo vital del torrente sanguíneo que nos agrupa como seres vivos.

Tales imágenes disponen del fondo reiterado de las palabras Sacre Cœur, que esta vez se colorean de tintas rojas, negras, grises, rosas y un vino tinto muy diluido que forma parte del contexto explicito e implícito. Se multiplican las imágenes del Sagrado Corazón de Jesús, solas o acompañadas de sí mismas, emulando la forma del fonema “œ”. Muchas de las estampas triangulan sus motivos haciendo sugerente la imagen de la Trinidad como elemento análogo. Otras veces es la imagen fotográfica de la Iglesia de Sagrado Corazón, en Paris, emparentando tiempos y espacios que terminan por comprometer al espectador cuando éste cede y entra en el juego propuesto.

Como buen alquimista, el hombre reúne y combina elementos y pensamientos en busca del Oro, de lo Inmutable, en definitiva, de la Verdad que lo sustente

JAR vive y trabaja en Valencia, por obra y gracia de su labor creativa puede abrirnos un portal al inframundo o al supramundo y acompañarnos a traspasarlo. Al igual que el alquimista medieval, pretende ignorar fronteras experimentando con las sustancias que él mismo destila y fermenta en su gabinete de trabajo.

Son sus herramientas el ojo, la mano, el corazón y la razón; sus ayudantes la tinta y el papel, y los hijos que procreen. El computador, la cámara fotográfica, la perforadora y el pincel gramófono, entre otras muchas que ha usado y las que descubrirá y usará.

 

Parte seis. Crisol

Dispone además de su crisol que ha materializado en los contenedores de vidrio, cuya forma asume la ligadura que lo presupone: anchos en su base se ajustan levemente hacia la mitad y vuelven a ensancharse en la parte superior. La o y la e, que al juntarse suprimen un espacio propiciando otro que, en ausencia, se hace más notorio.

Es ese espacio compartido, exiguo e inconmensurable al mismo tiempo otra de las preocupaciones que ocupan el quehacer de Jorge A. Rodríguez. Él ha encontrado, en la particular composición de esta letra, una vertiente hacia la que ha dirigido su trabajo, y cuyas ramificaciones le han permitido transitar los innumerables afluentes del gran estuario que es el arte plástico.

Jorge A, Rodríguez egresa del Instituto Universitario de Artes Plásticas  Armando Reverón, ubicado en la ciudad de Caracas y, como todos los graduandos, cede a la presión del momento. Está al principio del resto de su vida. La necesidad de una actividad que alivie esa tensión lo lleva a repasar su francés y allí ocurre El Milagro Secreto. Al igual que Jaromir Hladik, JAR obtiene su salvoconducto a la eternidad a través de la percepción de las infinitas aplicaciones de una imagen fonética que se trasforma en un signo —como el personaje borgeano lo obtiene a través de la posibilidad de culminación y optimización de su obra “Los enemigos” en el tiempo detenido.

El descubrimiento y la investigación posterior, que posibilita el encuentro con más y más palabras depositarias de ese fonema especial, le hace anunciar el descubrimiento de un Diccionario de las Ligaduras, hallado en algún anaquel perdido de la Biblioteca de Babel. Se ha dado a la tarea de transcribirlo para nosotros y ha acompañado esta labor conjuntamente con la creación de la historia de un niño de nombre Mœris, que descubre en la particular gramática de su nombre la llave que le llevará a identificar el nombre de la enfermedad que aqueja a su madre.

Los dos últimos núcleos de la exposición nos muestran las ilustraciones de este libro.

La estructura formal de la muestra se mantiene y cada lámina prefigura alguna página del cuento en la que Mœris vuelca las impresiones y las sensaciones que despiertan en él los hechos que se suscitan. Así, por ejemplo, la incertidumbre acerca de la dolencia que padece su madre provoca el llanto de Mœris, dando lugar a una ilustración donde el fondo de palabras diversas, pero con la señalada particularidad gramática, semeja la cara del niño. La superposición de tres estampas adicionales con un diagrama de la ligadura œ determinan la boca y los ojos de Mœris; de su ojo izquierdo una lágrima transita mejilla abajo destiñendo las letras que atraviesa.

Como en los módulos anteriormente comentados, el hilo conductor sigue siendo el cordel negro provisto de nudos que propician la percepción de la unidad de significado y significante.

Otro de los elementos constitutivos de la muestra es el contenedor de vidrio antes mencionado, pero esta vez utilizado para un ensamblaje que reúne las expectativas de Mœris ante un futuro próximo. Clœlia es su hermanita, encuentro de tiempo y espacio compartido por los futuros  hermanos entre los recovecos de una letra.

Una tridimensionalidad de este ensamblaje procura un alto en la ruta visual y vivifica el espacio que había permanecido fuera de contexto. La realización de este trabajo es elemental: una muñeca encapsulada en su alternativa de vida a los ojos de su hermano.

Es necesario mencionar que a través de estos módulos que estamos comentando, hace su presentación el color en la constante que establecen las letras de fondo de cada lámina. Los rojos, azules, amarillos y verdes alternan con los morados, rosas, bordeaux y dorados que alientan la vida presente en la imagen, no ya como testimonio de la capacidad creadora del autor sino como manifestación de una voluntad generadora de sucesos en el razonar del niño.

Mœris y el Diccionario de la Ligadura œ, así como Mœris en el Museo de la Ligadura œ, son dos presentaciones que apuntan a la pronta publicación de nuevos relatos y la exposición de nuevas imágenes.

He querido dejar para el final el constructo más elemental pero más verdadero de toda la muestra. Al entrar a la sala 5 del Ateneo de Valencia, lo primero que salta a la vista es un espiral de papeles tamaño carta plastificados, perforados y enlazados por una cuerda delgada que les adjudica, a cada uno de estos papeles, un espacio propio determinado, nuevamente, por nudos equidistantes en la cuerda que origina el espiral. Forma que  sugiere la gigantesca mecha de un taladro que horada la sociedad, la casa, la familia y nuestra intimidad para permitir la interrelación de todos los elementos en  busca  de la unidad. Hay un intento de romper el aislamiento, de provocar un encuentro, de hacer efectiva la presencia de los otros en nuestra esfera.

Al acercarnos al espiral vemos que los papeles son algo más que eso: nos encontramos con todos los diplomas, constancias, premios y menciones concedidas al autor a lo largo de su vida. ¿De qué otra manera puede un ser humano aventurarse a la búsqueda de sus semejantes sin el previo conocimiento y aceptación de sí mismo?

De nuestra condición humana depende que la oración no florezca en blasfemia. (Rubén Darío: Cantos de Vida y Esperanza).

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